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EL PLACER DE PENSAR 2


Un señor, de pronto, se encontró perdido en laberinto que tenía los pisos llenos de agua. Lo angustió sentirse prisionero y lo aterrorizó la sensaciòn de una catástrofe inminente: en cualquier momento los corredores podían ser inundados por una ola que lo cubriría todo. Trató, infructuosamente, de encontrar una salida. El laberinto parecía infinito y era tal la complejidad de su estructura que no podía obtener la visión de conjunto que le permitiese descubrir el camino de la libertad. Se detuvo, vencido. Las aguas, quietas, parecían un espejo. Al verse reflejado en ellas, pensó: “A mí me va mal, pero a mi reflejo le va peor aún. Si yo no salgo, él tampoco podrá. ¡Pobre ilusión, depende de mí!” Este pequeño y triste consuelo pudo alegrarlo un poco. Una euforia sádica comenzó a embargarlo. “¡Además, esta imagen es más débil que yo! ¡Si lanzo una piedra al agua, se deformará!” En lugar de continuar tratando de salir, dedicó su tiempo a buscar un pedrusco. Destrozándose las uñas pudo desprender un ladrillo. Con una risa hiriente, lanzó el proyectil junto a sus pies. El agua estalló en millares de ondas. Esperó que el reflejo se deformara, pero éste siguió intacto observándolo con fijeza desde atrás de la superficie. El hombre sintió que una intensa vibración lo invadía. Su cuerpo se llenó de ondulaciones. Las paredes se deformaron. Todo estalló en un cardumen de manchas enloquecidas. Antes de perderse en la nada, pudo darse cuenta que el reflejo había sido él y que su mundo era una ilusión en la superficie acuática.
Es tan compleja nuestra mente que, a veces, cuando tratamos de realizarnos, no encontramos la solución. El inconsciente amenaza ahogarnos con su ola de inconfesables deseos. En lugar de analizarnos para alcanzar la conciencia, buscamos refugio en prejuicios que nos dan la ilusión de que somos amos de nosotros mismos, para terminar un día viendo nuestra obra, o nuestra personalidad, destruida porque la construimos lejos de toda realidad… Algunos dictadores creen ser los amos, sin darse cuenta que el pueblo que sojuzgan es la realidad y ellos un mal sueño que cesará con el despertar.
 

Me han preguntado cómo liberarse de la personalidad artificial creada por la familia, la sociedad y la cultura, para adquirir la autenticidad. Esta historia china muy antigua puede ser útil:
Un rey, paseando por un mercado, observó con gran interés una carnicería donde se exponían diferentes trozos de carne. Todo estaba tan bien arreglado y los pedazos cortados con tal perfecciòn que el monarca exclamó: “¡Esta carne, a pesar de ser restos de un cadáver, está tan bien cortada que me parece bella!¡El carnicero que así la expone debe ser un artista!” El rey habló con él y le preguntó cómo hacía para cortar tan hermosas porciones. El carnicero, un anciano, respondió: “¡Oh, gran señor: un carnicero común, afila su cuchillo una vez por semana. Un buen carnicero lo afila cada seis meses. Un gran carnicero lo afila cada dos años. Mire mi cuchillo: sólo lo afilé la primera vez y después, en toda mi vida nunca más volví a afilarlo. No se ha gastado porque no ejerzo con él presión sobre la carne: lo deposito suavemente sobre ella y dejo que su filo vaya encontrando los vacíos que hay en la materia. Entonces, la carne se separa sin ser cortada.”
La sabiduría del carnicero se podría resumir en dos palabras: “No forzar”. LaoTsé dijo: “En su vacío reside la utilidad del vaso. Una casa está compuesta de paredes que rodean un espacio intangible. ¡Hay que ser como el agua que toma la forma de la vasija que la contiene!”… Nuestra sociedad a exaltar la juventud y despreciar la vejez, a tener la mente llena de ideas locas e ilusiones. El individuo trata por todos los medios de “ser”, de crearse una “personalidad”. Y en esa búsqueda de una apariencia artificial, se pierde a sí mismo. Las flores se abren cuando es tiempo de nacer y se marchitan cuando es tiempo de morir. Si tratáramos de liberarnos de los detalles inútiles que nos invaden, si borráramos la personalidad exterior impuesta por una sistema económico equivocado, tal vez encontraríamos nuestra naturaleza original. Seríamos como un pozo al que se le limpia y destapa para que otra vez vuelva a brotar en él un agua cristalina.